
El pasado martes, día 7 se julio de 2026, la parroquia de Sonseca vivió una jornada inolvidable con la primera Misa de Acción de Gracias de D. José Manuel Barbero, celebrada pocos días después de su ordenación sacerdotal. Fue una Eucaristía marcada por la emoción, el agradecimiento y la alegría de toda una comunidad que ha visto crecer su vocación y que quiso acompañarle en este momento tan importante de su vida.
Ya desde el exterior del templo se anunciaba que era un día de fiesta. En la torre de la iglesia ondeaba una bandera blanca con la imagen del pelícano, antiguo símbolo cristiano que recuerda la entrega de Cristo por la humanidad y que expresa, de manera elocuente, el sentido mismo del sacerdocio: una vida ofrecida por amor.
La celebración, correspondiente a la Misa votiva de Cristo Rey del Universo, estuvo llena de detalles cargados de significado. D. José Manuel vistió la casulla que le regalaron sus padres para este día tan especial, mientras que el altar lucía un hermoso frontal elaborado con gran delicadeza por las Madres Jerónimas, contribuyendo a realzar la solemnidad de la liturgia.
El canto de entrada, las Letanías de los Santos, dio paso a una celebración profundamente orante, acompañada por el coro de San Fulgencio. Alrededor del altar se reunieron numerosos sacerdotes: hijos de Sonseca, el párroco de la localidad, sacerdotes que desarrollaron su ministerio en la parroquia, formadores de los seminarios Menor y Mayor, compañeros de ordenación, diáconos recién ordenados, el diácono permanente de la parroquia, seminaristas y monaguillos, reflejando la riqueza de una Iglesia que acompaña y sostiene las vocaciones.
La homilía fue pronunciada por D. Juan José López Fabuel, director espiritual del Seminario Mayor San Ildefonso, quien articuló toda su reflexión en torno a una pregunta que invitaba a contemplar el amor desbordante de Dios: «¿Qué más podría hacer por ti?». A partir de ella recordó al nuevo sacerdote que nunca caminará solo. Del mismo modo que Moisés necesitó que le sostuvieran los brazos en la batalla, él, como sacerdote, cuenta con una comunidad que reza por él, una familia que lo sostiene y unos formadores que lo han acompañado para permanecer unido a Cristo.
El predicador recordó que el ministerio sacerdotal no pertenece a quien lo recibe, sino que es un don para todo el Pueblo de Dios. El sacerdote está llamado a convertirse en puente entre Dios y los hombres, a hacerse cercano a los pequeños, a caminar con quienes sufren y a entregar su vida al servicio de aquellos que el Señor le confía. Invitó también a D. José Manuel a no perder nunca la capacidad de asombro ante las maravillas que Dios realizará a través de su ministerio y a contemplar siempre la grandeza de sus propias manos que Cristo ha querido hacer instrumento de su gracia. «Nuestra vida sacerdotal es morir de amor y meter a tantos en el corazón de Cristo», afirmó antes de concluir con una antigua súplica sacerdotal: «Concédeme ser sacerdote, víctima y altar.»
Al finalizar la Eucaristía, D. José Manuel tomó la palabra para expresar un emocionado agradecimiento. En primer lugar dirigió su mirada a Dios, reconociendo que todo nace de su amor y de una llamada que precede incluso a la propia existencia. Después fue agradeciendo a Dios el don, uno a uno, de quienes el Señor ha puesto en su camino: sus padres y su familia, por los valores que le han transmitido y por el testimonio de una familia unida; sus directores espirituales, que le ayudaron a buscar siempre la voluntad de Dios; los párrocos que despertaron y alentaron su vocación; los formadores, profesores y compañeros del Seminario Menor y Mayor; los sacerdotes presentes; los párrocos de las parroquias donde ha llevado a cabo su primera labor pastoral; las religiosas que han sostenido su vocación con la oración; los monaguillos, con quienes ha compartido tantos momentos, especialmente los de la parroquia de Sonseca; y todos los fieles y amigos que han rezado y caminado junto a él durante estos años.
La introducción al tradicional besamanos fue hecha por D. José Pablo Ernst, antiguo formador del Seminario Menor. Explicó el profundo significado de este gesto, recordando que las manos del sacerdote han sido ungidas y consagradas para hacer presente la acción de Cristo en los sacramentos. Son las manos que bautizan, perdonan los pecados, bendicen, interceden y ofrecen la Eucaristía. Al besarlas, señaló, los fieles expresan su fe, su gratitud por el don de un nuevo sacerdote y el compromiso de sostenerlo siempre con la oración. Dirigiéndose a D. José Manuel concluyó con unas palabras llenas de esperanza: «Mira tus manos. Descubre en tus manos las Suyas. Y cuando lleguen las dificultades, recuerda que quien comenzó en ti la obra buena, Él mismo la llevará a término».
Tras la celebración, la alegría continuó en el jardín de la iglesia, donde se compartió un refrigerio entre familiares, amigos y fieles. Allí, el párroco hizo entrega a D. José Manuel de los regalos de la parroquia: una imagen de Nuestra Señora de los Remedios y otra de san José, como recuerdo permanente del cariño de la comunidad que lo ha visto crecer en la fe. La jornada concluyó con una tradición muy querida en los seminarios: sacerdotes y seminaristas entonaron el Tu es sacerdos in aeternum, poniendo el broche final a un día que quedará grabado en la memoria de la parroquia.
La celebración fue, en definitiva, una acción de gracias compartida. Gracias por la fidelidad de Dios, que sigue llamando; gracias por una familia y una comunidad que saben acompañar las vocaciones; y gracias por el sí generoso de D. José Manuel Barbero, que comienza ahora un ministerio al servicio de la Iglesia. Que Nuestra Señora de los Remedios y san José lo protejan siempre y que la oración de toda la parroquia siga sosteniendo su sacerdocio a lo largo de los años.
Texto: Marta
Imágenes: César Morales











