
Del 7 al 12 de agosto de 2026, casi cincuenta peregrinos de la parroquia de San Juan Evangelista de Sonseca, acompañados por nuestro párroco, D. José Carlos, han recorrido algunos de los lugares más significativos de Polonia para un cristiano siguiendo las huellas de uno de los santos que más ha marcado la vida de muchos de nosotros: San Juan Pablo II.
Ha sido una peregrinación que ha unido fe, historia, cultura, oración y convivencia, pero, sobre todo, una experiencia que nos ha ayudado a mirar nuestra propia vida desde la perspectiva de la fe y en la que hemos podido acercarnos también a la historia de sufrimiento y esperanza de todo un pueblo.
Siguiendo las huellas de San Juan Pablo II
Nuestra primera parada fue Lagiewniki, donde visitamos el Santuario de San Juan Pablo II y el cercano Santuario de la Divina Misericordia. Allí celebramos la Eucaristía renovando nuestro “en Ti confío” y comenzamos un camino lleno de las sorpresas de Dios que nos llevaría a descubrir, no solo al Papa san Juan Pablo II, sino también a grandes santos de la Iglesia.
Al día siguiente llegamos a Wadowice, la pequeña localidad donde nació Karol Wojtyla, el 18 de mayo de 1920. La visita a su casa natal, convertida hoy en museo, y a la iglesia donde fue bautizado, nos permitió acercarnos a sus primeros años y comprender mejor las raíces de una vida marcada profundamente por la fe. También pudimos visitar Kalwaria, con su singular Vía Crucis, extendido a través de un paisaje que reproduce la topografía de Jerusalén.
En Cracovia, ciudad estrechamente vinculada a la vida de Wojtyla, recorrimos la ciudadela de Wawel y su catedral, donde celebró su primera misa y de la que llegó a ser arzobispo. También el Seminario, la Universidad en la que estudió y su primer destino pastoral. El recorrido por la ciudad y por el barrio de Kazimierz nos permitió acercarnos también a la historia de la convivencia entre judíos y cristianos y a las profundas heridas provocadas por la persecución nazi y el Holocausto.
Uno de los momentos centrales de la peregrinación fue la visita a Czestochowa, donde se encuentra el monasterio-fortaleza de Jasna Gora, corazón espiritual de Polonia y principal destino de peregrinación del país. Ante la imagen de la Virgen Negra, celebramos la Eucaristía y pudimos experimentar la profunda devoción mariana que ha acompañado al pueblo polaco a lo largo de su historia.
La figura de San Maximiliano María Kolbe estuvo también muy presente en nuestra peregrinación. En Auschwitz conocimos de cerca el horror del campo de concentración y exterminio, pero también el testimonio de un hombre capaz de entregar su vida por la de otro prisionero. Posteriormente, en Niepokalanów, pudimos acercarnos nuevamente a su figura y al lugar donde vivió y trabajó. Como señaló uno de los peregrinos, el viaje permitió contemplar «los dos extremos del ser humano»: la capacidad para crear una oscuridad terrible y, en medio de ella, la capacidad de hacer surgir la luz mediante el amor.
Una historia de sufrimiento y esperanza
La peregrinación no ha sido únicamente un recorrido por lugares religiosos. Polonia nos ha enfrentado también con las páginas más dolorosas de su historia.
La visita a Auschwitz fue, para muchos, uno de los momentos más impactantes. Caminar por aquel lugar permitió poner rostro y espacio concreto al sufrimiento de tantas personas y recordar hasta dónde puede llegar el pecado del hombre. Pero, al mismo tiempo, el testimonio de San Maximiliano Kolbe nos recordó que incluso en las circunstancias más terribles el ser humano puede elegir el amor, la entrega y la esperanza, en definitiva, la santidad.
También en Varsovia encontramos las huellas de una historia marcada por la guerra, la ocupación y la persecución. Visitamos el Monumento a los Héroes del Gueto y contemplamos una ciudad que fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y que, sin embargo, fue capaz de levantarse y reconstruirse.
Especialmente significativo fue acercarnos a la figura del beato Jerzy Popieluszko, sacerdote que trabajó en la iglesia de San Estanislao y que fue asesinado por el régimen comunista. Su testimonio se suma al de tantos polacos que supieron mantener viva su fe incluso en momentos de persecución y clandestinidad.
Como expresaba uno de los peregrinos al regresar, conocer esta historia ha permitido descubrir «la grandísima fe que ha tenido siempre el pueblo polaco»: un pueblo que, a pesar de las guerras, la opresión y el sufrimiento, supo conservar su identidad y continuar confiando en Dios.
Una peregrinación también por dentro
Pero, como ocurre siempre en una verdadera peregrinación, el camino exterior ha terminado convirtiéndose también en un camino interior.
Los testimonios de los peregrinos coinciden en destacar que estos días han sido una oportunidad para dar gracias por tantos dones recibidos, para revisar la propia vida y para pedir al Señor que fortalezca nuestra fe. Auschwitz nos ha hecho pensar en nuestro propio pecado, ha generado en nosotros la petición de perdón y la determinación de aspirar a la santidad a ejemplo de los santos con los que nos hemos ido encontrando en este camino.
La convivencia ha sido otro de los grandes regalos de estos días. Viajar juntos, compartir comidas, celebraciones, conversaciones, cansancio, risas y momentos de oración ha permitido conocernos mejor y descubrir en los demás ese tesoro que tantas veces permanece escondido en la vida cotidiana de la parroquia.
Uno de los peregrinos resumía así esta experiencia: «La Iglesia es una familia». Y eso es precisamente lo que se ha experimentado durante estos días: personas diferentes, unidas por una misma fe, pendientes unas de otras y ayudándose mutuamente en el camino. Una imagen de lo que está llamada a ser también nuestra parroquia.
Un aniversario muy especial
Dentro de esta experiencia comunitaria hubo también un momento especialmente emotivo. Carolina y Manolo celebraron en estos días sus bodas de plata, con motivo de su 25º aniversario de matrimonio.
En la iglesia de San Estanislao de Varsovia pudieron renovar sus votos matrimoniales durante la Eucaristía, rodeados por toda la familia parroquial. Las canciones, los detalles, las fotografías y hasta un improvisado anillo convirtieron aquel momento en una celebración inolvidable para ellos y para todos los peregrinos.
«No podíamos imaginar una manera más bonita de celebrar nuestras bodas de plata que compartiéndolas con vosotros durante esta peregrinación», reconocían después.
Una peregrinación compartida con D. José Carlos
Esta peregrinación ha tenido además un significado especial para nuestra parroquia porque ha sido la última peregrinación parroquial de D. José Carlos como párroco de Sonseca.
Para muchos peregrinos, poder acompañarle en un viaje que le hacía especial ilusión ha sido un motivo de alegría y, al mismo tiempo, una ocasión para agradecerle tantos años de servicio pastoral. Sus homilías, su acompañamiento espiritual y su cercanía han formado parte esencial de estos días.
Las palabras de los peregrinos han expresado con especial cariño este agradecimiento y también la tristeza por su marcha. Para algunos, D. José Carlos ha sido un sacerdote especialmente importante en sus vidas; para otros, una figura que ha dejado una huella profunda durante sus años al frente de la parroquia.
En la última Eucaristía, D. José Carlos quiso recoger las principales enseñanzas de la peregrinación en tres ideas: la Iglesia como familia, nuestra condición de peregrinos y la importancia de cuidar la fe.
La primera llamada es a no ser espectadores, sino protagonistas de la vida de la Iglesia. Si la Iglesia es nuestra familia, también nuestra parroquia debe ser una casa en la que todos sumemos, colaboremos y nos preocupemos unos de otros.
La segunda es recordar que somos peregrinos. Como durante estos días hemos recorrido juntos un camino por Polonia, también nuestra vida es un camino que tiene un origen y una meta. Venimos de Dios y caminamos hacia Dios. El destino final del cristiano es el cielo, y en ese camino estamos llamados a ayudarnos unos a otros.
Y, finalmente, la necesidad de cuidar la fe. Una fe que, como una planta, necesita ser regada y cultivada para crecer. No podemos dar por supuesto el tesoro que hemos recibido. Necesitamos alimentarlo, vivirlo y compartirlo.
Son enseñanzas que conectan profundamente con el mensaje que San Juan Pablo II repitió tantas veces a lo largo de su vida: no tener miedo, abrir de par en par las puertas a Cristo y caminar con esperanza.
«El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres»
Al regresar a Sonseca, queda todavía mucho que asimilar. Han sido seis días intensos, llenos de lugares, rostros, historias, celebraciones y experiencias que permanecerán en nuestra memoria.
Pero, por encima de todo, queda la certeza de haber vivido una experiencia de familia parroquial. Una experiencia que nos ha permitido descubrir de nuevo a San Juan Pablo II, conocer el sufrimiento y la esperanza del pueblo polaco, fortalecer nuestra fe y estrechar los lazos entre quienes formamos parte de nuestra comunidad.
Quizá por eso, al terminar la peregrinación, una de las frases que más se repetía entre los peregrinos era la del salmo que resume tan bien lo vivido:
«El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres».
Que todo lo aprendido y vivido en Polonia no se quede solamente en el recuerdo de unos días. Que nos ayude a seguir caminando juntos como parroquia, a cuidar nuestra fe, a servir a los demás y a vivir con la esperanza puesta en la meta hacia la que todos caminamos.
Gracias, Señor, por esta peregrinación. Gracias por Polonia, por San Juan Pablo II, por María, por los santos, por nuestros hermanos de camino y por todo lo que has sembrado en nuestros corazones. Y gracias, especialmente, por habernos permitido compartir este camino con D. José Carlos.
Que San Juan Pablo II siga acompañando a nuestra parroquia y nos ayude a repetir también nosotros, ante las dificultades de cada día: «¡No tengáis miedo!»
Texto: Marta
Imágenes: de algunos peregrinos










