
El 10 de Enero de 2026, sábado, la parroquia de Sonseca ha realizado una nueva ruta a pie; en esta ocasión a Los Guijos de Mazarambroz.
Nos hemos reunido ya un grupo respetable en número. Éramos treinta y cinco personas. En la ermita de San Gregorio, a las 9:15 de la mañana. Un día de invierno, con algo de frío en estas primeras horas, pero, totalmente despejado, sin apenas viento. Una capa de rocío cubre las incipientes hierbas del campo. Lejos de la ciudad, sin interferencias que nos oculten la vista del horizonte, el aire está lleno de luz, nos abraza en su regazo, como agradeciéndonos haber venido, invitándonos a este pequeño esfuerzo para saborear las mieles de la naturaleza y de la creación.
Es un ambiente distendido, un bonito grupo, organizado por la parroquia, se respira una honda alegría y paz. Una actividad que nos reúne, que realizamos juntos, y sirve para nuestra unidad.
Como siempre, lo primero es una Oración de entrega del día, de adoración a Dios.
Después, una foto del grupo.
Comenzamos a andar, tomamos un pequeño tramo de la vereda de la gitana y, enseguida, un camino hacia Mazarambroz. Cruzamos la carretera y la parte oeste del pueblo. Vamos por el camino de Pulgar. Hay gente que se sorprende de ver un grupo numeroso caminando por estos lugares.
Ya se ve muy poca gente por el campo. Nos hemos decantado por las ciudades y los trabajos urbanos, lo que despierta, en algunos de nosotros, una cierta nostalgia.
Hay algunos agricultores recogiendo la aceituna. Son un pequeño número, por lo que les llevará varios días para terminar la recolección. Seguro que alguno de ellos pensó que si nuestro grupo les echara una mano aquello se terminaba en un santiamén y llevaríamos a cabo una actividad con una finalidad más práctica y útil.
Tras aproximadamente unos cinco kilómetros hemos girado a la derecha porque ya teníamos cerca el cerro de los guijos. Es una subida empinada pero sin mucha dificultad, siempre con la precaución de no resbalarse y tratar de evitar torceduras y caidas.
Estamos en los guijos. Un buen y voluminoso conjunto de rocas, como de cuarzo lechoso, blanco, duro, con algunas zonas con musgo pegado a su superficie. Son dos cerros con el mismo tipo de piedra. Al pisar por los alrededores, se desprende un suave olor a romero y tomillo. Estamos a unos setecientos ochenta metros de altura, un día despejado, las vistas son impresionantes, de un inmenso valle a todo alrededor, salvo la zona este, en que está la sierra de Layos. Hemos podido contemplar sobre nosotros una manada de buitres, volando en círculo, quizás buscando algo que les sirviera de desayuno.
Y quizás tú, como yo, te has preguntado qué es eso de los guijos, porque es una palabra que no se oye con frecuencia. Me he ido al diccionario, que dice que es un conjunto de piedras redondeadas de pequeño tamaño que se emplea para consolidar y rellenar caminos. Como grava o gravilla. Puede estar relacionado con «guijarro» que significa «pequeño canto rodado», piedra lisa y pequeña que se encuentra en las orillas y cauces de los ríos y arroyos.
Pero sí, salvo algunas pequeñas piedras que había por el suelo, el resto constituía un gran bloque de piedra, redondeadas, con algunas aristas suaves… Y me he imaginado cómo fue la historia…
ÉRASE UNA VEZ… una larga cadena montañosa que, por el desgaste del tiempo, por los vientos, las lluvias, heladas, rayos, el paso de animales, hubo rocas que se fueron desprendiendo y, rodando pendiente abajo, llegaron a arroyos y ríos que, a su vez, las desplazaban por el curso del agua. No muy lejos de aquí están el río Tietar, el Tajo, el arroyo Guajaraz…
Estos guijos, en un primer momento, eran piedras deformes, con múltiples aristas y salientes, pero llevaban en su genética y en su código interno una idea clara: su resolución de sobrevivir a toda costa, superando todos los inconvenientes, sobrevivir para siempre (así lo tenían escrito en su ADN). Para ello, no les quedaba otra solución que llegar al mar. Si llegaban al mar sobrevivirían para siempre. Y tenían conciencia que, para ello, habrían de adquirir otra forma, tenían que transformarse. Tendrían que ir perdiendo, una por una, todas sus aristas hasta hacerse lisas y redondeadas; tendrían que perder tamaño hasta hacerse pequeñas; tendrían que abrir en su cuerpo pequeños poros por los que pudiera penetrar el agua y tendrían que buscar recibir, lo más posible, la luz del sol, dejar cubrirse por algunos líquenes que les sirvieran de alimento.
Y, a ésto dedicarían toda su energía, sus ganas y su ilusión.
Enseguida, se dieron cuenta que tal misión sería imposible realizarla individualmente, cada una independiente de las demás. Formaron grupos numerosos de piedras, dispuestas a bajar golpeándose, llevadas por la fuerza del agua, siguiendo el curso del río rumbo al mar. No es que les gustara golpearse, pero así podrían ir perdiendo aristas, bordes cortantes, tamaño y abrirse algunos poros…
En su discurrir se encontraron con numerosas dificultades. Así, la presencia de rocas paradas, enormes, que les interrumpían el paso a algunas de ellas (y había que llegar al mar). Se encontraron con palacios dentro del río, donde vivían señores acaudalados, que les apresaron y les hicieron esclavos para servir al rey. Les hicieron prisioneros.
Se encontraron con salas de fiestas… y. muchas de estas piedras se sintieron atraídas por el ambiente, abandonando el grupo. Otras fueron invitadas también por señores poderosos para ocupar con ellos puestos privilegiados; o lugares donde se servía rica comida y prefirieron quedarse ahí. Otras veces, rocas de sus mismas características, las expulsaban a la orilla, para abrirse paso. Marginadas en la orilla, no podían avanzar para conquistar el mar… Otras pararon su avance para probar las delicias de «no hacer nada». Otras, quedaban sepultadas en el fondo del río, por el peso de las piedras que tenían encima.
Aún así, un grueso grupo conseguía abrirse paso en su camino a vivir para siempre y alcanzar el mar. A veces recibían golpes de piedras hermanas, de su mismo grupo, que les servían para no quedarse encalladas, para salir de palacios, salas de fiesta, fondos de ríos… También servían a ello las tormentas y fuertes crecidas de los ríos, que les inyectaban renovadas fuerzas a emprender su camino. Era su fuerza el agua, que las iba transformando lentamente y sin pausa; la luz del sol, que atravesaba árboles y agua y les permitía alimentarse de líquenes y pequeñas plantas…
Fue en el transcurso de largos años que muchas de ellas lograron conquistar el mar, el sobrevivir para siempre. Habían cambiado su forma, su tamaño y hasta su forma de sentir. Se habían quedado unidas, fuertemente, por las duras experiencias que habían atravesado juntas, por una misma genética, por un mismo alimento, una misma agua, el sol y un mismo sentir.
Pero… ¿cómo, si terminaron en el mar, las vemos ahora en unos cerros?
Dios, en su infinito amor, desecó inmensos valles después del diluvio universal, para permitir a los hombres disfrutar de la Creación. Éso nos permite ver y disfrutar estos cerros de los guijos de Mazarambroz, que, ahí, unidos, formando un gran bloque, sobresaliendo de la superficie para decirnos que, como ellos, en su lucha se puede triunfar. Ellos ya sólo esperan la Resurrección de los justos.
… Después, hemos bajado, hemos llegado, de nuevo, a la vereda de la gitana y hemos puesto rumbo a la ermita de San Gregorio. Todos hemos comentado la alegría de esta mañana, de tan bonito día, tan buena ruta… esperando ya la siguiente, y que muchos nos podamos unir al camino de Santiago de este año.
Gracias a Dios, a los que lo han organizado, y a todos vosotros.
Texto y fotos: Alfonso








