
Del 16 al 18 de octubre, cerca de 300 adolescentes y jóvenes de la Archidiócesis de Toledo, acompañados por familias y por el arzobispo de Toledo, han participado en la XXXIX Peregrinación Diocesana de Jóvenes a Guadalupe.
La peregrinación, organizada por la Delegación Diocesana de Adolescencia y Juventud, a través de la Pastoral Juvenil (SEPAJU), junto con la Delegación de Familia y Vida, ha reunido a adolescentes y jóvenes procedentes de parroquias, movimientos apostólicos y centros educativos. Entre los participantes se encontraba un grupo de jóvenes de la parroquia de Sonseca, acompañados por D. Luis, nuestro vicario, que han compartido estos días de fe, convivencia y encuentro con la Virgen María.
«Tu madre te busca»
La peregrinación de este curso pastoral se ha celebrado en el marco del Año Jubilar Guadalupense, inaugurado el pasado 30 de agosto con la apertura de la Puerta Santa, bajo el lema «Tu madre te busca», compartido por la peregrinación y el propio año jubilar.
La peregrinación comenzó en la localidad cacereña de Alía, donde los participantes pasaron la primera noche antes de emprender, el sábado, la marcha a pie hasta el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe. El camino, vivido entre conversaciones, esfuerzo compartido y momentos de oración, se convirtió en una oportunidad para estrechar lazos, superar dificultades y descubrir que la fe también se fortalece caminando juntos.
La llegada a Guadalupe fue uno de los momentos más especiales del encuentro. Los jóvenes entraron en la plaza acompañados por el arzobispo de Toledo, que portaba la cruz de la Delegación de Adolescencia y Juventud. Tras el recorrido, pudieron atravesar la Puerta Santa del Año Jubilar y visitar el camarín de la Virgen, poniendo a los pies de la Madre sus vidas, inquietudes y esperanzas.
Junto a las celebraciones y los momentos de oración y adoración, la convivencia tuvo también un lugar destacado. Veladas, dinámicas y una gymkhana ayudaron a que los participantes compartieran la alegría de estos días y conocieran a jóvenes de otras parroquias. Las noches, compartidas en pabellones y teatros, formaron parte de una experiencia en la que lo verdaderamente importante era sentirse miembros de una misma Iglesia.
Una peregrinación compartida
Por segundo año consecutivo, la peregrinación ha contado con la participación de medio centenar de miembros de la Delegación Diocesana de Familia y Vida, que han acompañado a los jóvenes en su camino hacia Guadalupe, compartiendo con ellos la experiencia espiritual del Jubileo. Esta convivencia entre generaciones se ha enriquecido también con la participación de jóvenes de otras diócesis de la provincia eclesiástica de Extremadura, en un encuentro que ha hecho visible la comunión entre las Iglesias diocesanas y que, por primera vez, ha sido convocado conjuntamente por el arzobispo de Toledo y los obispos de dicha provincia eclesiástica.
Tras el encuentro somos enviados
La vigilia de oración del sábado por la noche y la celebración de la Eucaristía presidida por el arzobispo de Toledo fueron los momentos centrales de estos días. En su homilía, el arzobispo recordó que el amor de una madre no decepciona nunca y que la Virgen María no solo nos espera siempre, sino que también nos busca.
En medio de las preocupaciones, las dudas y las dificultades de la vida, María permanece cerca de sus hijos, sale a su encuentro y los conduce hacia Cristo. Peregrinar a Guadalupe ha sido, por tanto, mucho más que recorrer una distancia: ha supuesto abrir el corazón a esa presencia maternal y dejarse acompañar por ella en el camino de la fe.
La celebración concluyó con un envío misionero, en sintonía con el espíritu del Domingo Mundial de las Misiones (Domund). Diez jóvenes portaron diez velas encendidas que permanecerán en el altar, a los pies de la Virgen de Guadalupe, como signo del amor recibido y de la luz que cada uno está llamado a llevar a los demás.
Una experiencia que deja huella
Entre los participantes de la parroquia de Sonseca, la experiencia ha dejado un recuerdo especialmente positivo. Uno de los jóvenes comparte así lo vivido:
«Esta peregrinación me ha gustado mucho porque he conocido a mucha gente de otros sitios que vive la fe al igual que nosotros. Hemos podido peregrinar a nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe, con ellos y con gente de nuestra parroquia. Estar con nuestros compañeros también te hace sentir más acogido y consigue que el camino se haga más ameno».
El lema de esta peregrinación encuentra un eco especial en estas palabras, que expresan la vivencia espiritual de estos días:
«A veces, el camino se torna incierto y el corazón anhela un puerto de paz. Pero existe una presencia constante, un amor de Madre que vela en silencio por cada uno de nuestros pasos; una luz suave que nos alienta cuando las fuerzas flaquean y un refugio de gracia que, incluso cuando no sabemos hacia dónde ir, nos busca».
María nos busca para llevarnos a Jesús, para ayudarnos a descubrir su presencia en nuestra vida.
La peregrinación termina, pero comienza ahora la misión de compartir con los demás la alegría de la fe y el amor que hemos recibido. Porque Dios está vivo y tiene nombre propio. Dios es amor.
Texto. Marta



