Ruta a las tumbas visigodas y arroyo Alamillo

Nov 29, 2025 | Actividades

El pasado sábado 22 de Noviembre de 2025, hemos llevado a cabo una nueva ruta parroquial a pie, a las tumbas visigodas y arroyo del Alamillo.

El punto de partida era la ermita de San Gregorio, a las 9:00 de la mañana.

Nos hemos juntado un grupo de doce personas, encabezados por don José Carlos, nuestro párroco.

Lo primero, como siempre, una Oración de entrega del día, poniéndonos en manos del Señor y María. Qué Ellos nos iluminen y protejan siempre.

Comparado con anteriores marchas, esta vez somos menos en número, pero, no por ello, menos entusiastas. Echamos de menos a quienes nos acompañaron en anteriores ocasiones y seguimos esperándolos para las próximas andaduras.

Aún a costa de parecer repetitivo, nos ha amanecido un día increíble para caminar. El cielo azul, totalmente despejado, sin una bruma, sin viento, algo fresco como corresponde a un día de finales de noviembre, un día lleno de luz y armonía, por la naturaleza, acompañado de amigos. ¡Qué más se puede pedir! ¡Gracias, Señor, por este regalo, por «tus cuidados» siempre!

Enseguida nos hemos puesto a caminar, atravesando la vereda de la Gitana, hemos seguido un camino hacia el suroeste, hacia el camino de El Rey.

Hablando unos con otros, la senda resulta estrecha para ir todos en línea. Se han hecho grupitos, disfrutando de la conversación.

Los caminos siempre nos llevan a algún destino; en este caso, a unas tumbas visigodas, al arroyo del Alamillo… a un encuentro con tus hermanos de parroquia, al disfrute de una cierta paz interior… Fíjate que Jesús decía «Yo soy el camino, la verdad y la vida»; nosotros vamos hacia allí, hacia Él, Él es nuestro destino.

Vamos gastando energías, consumiendo fuerzas, desgastándonos un poco físicamente. Y ésto nos une, porque, como ya dije otra vez, «podrás olvidar con quién reíste, pero jamás olvidarás con quién lloraste». Hombre, no es que lloráramos, pero algo se sufre y ese sufrimiento nos une. Es que también hay que desgastarse físicamente; «mens sana in córpore sano». La actividad física nos reporta una mejora corporal, orgánica, que redundará en una mejora psíquica, mental. Y ésto es bueno, sin duda, porque necesitamos estar sanos, lo más sanos posible, para ser testigos, testigos enérgicos y briosos de Cristo. Junto a los sacerdotes, es hora de los laicos, del testimonio de vida y de palabra, de pensamiento, corazón y acción. Es hora de los laicos.

Habiendo seguido dicho sentido suroeste, tras andar unos ocho kilómetros hemos llegado a las tumbas visigodas. Están labradas en piedra y dispersas. Hay que andar y buscarlas. Están sobre un terreno rocoso.

Cuando fuimos a Los Hitos de Arisgotas me atreví a decir que los visigodos nos recibieron con brazos abiertos. Nos enseñaron los restos de donde habían vivido y cómo se manifestaron como auténticos amigos. Y aquí no iba a ser menos.

Llaman la atención dos tumbas contiguas, rectangulares, en piedra, una parece pertenecer a un adulto y , al lado, la de un adolescente. ¿Serían padre e hijo, o madre e hija? Efectivamente, podría ser así. Pero, me he querido imaginar, que lo que verdaderamente era el adulto con respecto al joven, es que era su «guía», su mentor, su maestro de vida, áquel que le iba enseñando a desenvolverse en la vida, conceptos teóricos y prácticos, profanos y espirituales. Es que me ha recordado ese pasaje del Evangelio en que le responden a Felipe: «pero, cómo lo voy a entender si nadie me guía».

¿Cómo tiene que ser un guía? Y todos tenemos que ser guías de una u otra manera, ya sea por ser padres, profesores, catequistas, sacerdotes, etc. Un guía tiene como modelo a Jesucristo, nuestro Maestro. Un guía tiene que ser un hombre o mujer «de las Bienaventuranzas», humilde, sencillo -que sabe que todo lo ha recibido de Dios-, no orgulloso, no engreído, manso -fuera ira, fuera violencia-, «aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón», de espíritu contrito, afligido por sus pecados pero radiante en la bondad y misericordia de Dios, hambriento y sediento de parecerse a su Maestro, pacífico, misericordioso, limpio de corazón…

Junto con los sacerdotes, es la hora de los laicos, laicos también guías, cristianos adultos en Cristo.

Próximo, muy cercano a las tumbas, aparece el cauce, ahora seco, del arroyo El Alamillo. Queda alguna zona con agua embalsada, manifestación de que un día por allí corría el agua, sin pararse, en busca de su destino-desembocadura. Mientras el agua estancada se degrada, se pudre y llena de gérmenes y bacterias, el agua que corre es fuente de vida, alimento para las plantas y árboles, que sacia nuestra sed y nos lava de suciedad y manchas. Y me acuerdo de las palabras de Jesús: «dame de beber», «tengo sed», » el que tenga sed que venga a Mí y beba el que cree en Mí. El agua que Yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor que salta hasta la vida eterna». Y Cristo tiene sed de almas, sed de almas. Y no se puede ser amigo de Cristo y no sentirse interpelado. Tenemos que llevarle almas a Cristo. ¿Y cómo? ¿Y cómo? Tú ponte en camino y Él lo hará; ser instrumentos de Cristo.

Junto con los sacerdotes, y nunca sin ellos, es hora de los laicos.

Allí, hemos repuesto fuerzas, hemos descansado y tomado algunas calorías para poder continuar y que no flaqueen las fuerzas.

Hemos vuelto por un camino conocido como el camino del Pelícano. Por ahí, nos ha dado de cara un viento del norte, fresco, que nos desperezaba, que ha durado como una hora. Nada para quejarnos del tiempo que hemos tenido.

¿Y cómo no mencionar la belleza de la naturaleza, del paisaje que hemos disfrutado? Su rico colorido de otoño, hojas amarillentas, anaranjadas, marrones, verdes, árboles sin hojas y otros llenos de éstas. Sin duda, con los suelos de los campos ahora otoñales, como en descanso, en letargo, dormidos, haciendo acopio de nutrientes para así estar preparados para la efervescencia y esa manifestación arrolladora de vida que se dará con la llegada de la primavera. Es como si nos dijera, prepárate, instrúyete, ora et labora, porque también llegará la hora de tu manifestación, de tu testimonio, de ser testigos. Y es que, junto a los sacerdotes, es la hora de los laicos. Piénsalo y… ya me dices.

En total, unos dieciséis o diecisiete kilómetros en cuatro horas. En un día que nos ha regalado Dios, en compañía fraterna, en un camino que nos une, para aprender algo también de cómo hacerse guías, disfrutar de un arroyo seco pero porque tiene sed como nuestro Maestro, sed de almas, en un tiempo precioso preparándose para una eclosión de color y vida, que nos habla para que también nosotros nos preparemos a ser testigos…

Gracias a Dios, a los que lo han preparado, y a todos los que habéis caminado.

Os esperamos en la próxima a muchos más, y a los que habéis venido en otras ocasiones. Un abrazo en el Señor.

Fotos y texto: Alfonso

Entradas relacionadas

Pin It on Pinterest

Share This