
Un año más, durante el mes de marzo, nuestra parroquia ha vivido con intensidad las charlas cuaresmales, un tiempo de gracia que nos ayuda a detenernos, escuchar al Señor y reorientar nuestra vida hacia Él. Bajo el lema “Tengo sed”, estas reflexiones nos han invitado a descubrir la sed de Dios por cada uno de nosotros y, al mismo tiempo, a reconocer nuestra propia sed de Él.
Las charlas fueron presentadas por nuestro párroco, D. José Carlos, quien introdujo este itinerario espiritual como una oportunidad para profundizar en el camino de conversión propio de la Cuaresma.
Cómo vencer las tentaciones
La primera meditación fue predicada por D. Felipe Martín Montoro, párroco de Yuncos y sacerdote con amplia experiencia misionera, quien ofreció una profunda reflexión de una forma muy sencilla sobre la lucha espiritual en la vida cristiana.
Partiendo de una afirmación clave —Dios se preocupa por nuestra salvación más que nosotros mismos—, D. Felipe recordó que la vida cristiana no es cómoda, sino una lucha constante. En un mundo marcado por la prisa, la superficialidad y la búsqueda del bienestar inmediato, la tentación aparece muchas veces de forma sutil, alejándonos de la cruz. Así, a la luz del Evangelio, se nos hizo ver cómo esas tentaciones siguen muy presentes hoy: cuando buscamos la seguridad en lo material pensando que nuestra felicidad depende de cambiar lo que tenemos; cuando perseguimos el éxito y los resultados visibles olvidando que el Reino de Dios crece en lo escondido; o cuando queremos tenerlo todo bajo control, sin dejarnos sorprender por Dios.
Lejos de ser un obstáculo, la tentación puede convertirse en ocasión de crecimiento y de humildad, porque nos ayuda a reconocer nuestra fragilidad y a volver el corazón a Dios. En este camino, la Iglesia nos ofrece los medios para vencer la tentación: la oración, entendida como vivir en la presencia de Dios, sabernos mirados, escuchados y amados por Él, y desear el encuentro definitivo cara a cara; el ayuno, que nos libera de lo superfluo y nos ayuda a descubrir cuánto necesitamos realmente a Dios por encima de tantas cosas; y la limosna, que nos abre al amor concreto hacia los demás, especialmente hacia los más necesitados, invitándonos a vivir con entrañas de misericordia.
D. Felipe nos animó a vivir con paciencia y humildad, en medio de un mundo de prisas y apariencias, confiando en que Dios nunca permite una prueba superior a nuestras fuerzas.

Los mandamientos de la Iglesia, caminos de vida
La segunda charla, a cargo de D. Miguel Garrigós, Vicario episcopal del clero y miembro de la comisión Familia y Vida de la Conferencia episcopal, nos ayudó a redescubrir el verdadero sentido de los mandamientos de la Iglesia que, lejos de ser imposiciones externas, nos ayudan a caminar. En este contexto, subrayó que, frente a una cultura que identifica la libertad con hacer lo que uno quiere, las normas de la Iglesia no esclavizan, sino que orientan para no perder el rumbo.
Cada uno de los mandamientos custodia un tesoro. El primer mandamiento señala el domingo y la Eucaristía como corazón de la semana y fuente de vida para el cristiano, invitando a prepararla con mimo y a vivir el domingo como día de familia, de descanso, de oración y de caridad. El segundo nos recuerda la importancia de la confesión como encuentro personal con Cristo misericordioso, que nos lleva a vivir la vida de la gracia y tomarnos en serio la vida cristiana. En él el corazón es sanado y fortalecido y nos ayuda a crecer. El tercer mandamiento nos lleva a valorar, agradecer y cuidar la comunión como alimento indispensable del alma, tan poco valorado por la abundancia que tenemos. El cuarto profundiza en el sentido del ayuno y la abstinencia, no como una simple norma, sino como expresión de amor que educa el corazón y lo hace más libre frente a sus propias apetencias. Y finalmente, se recordó que el quinto mandamiento nos marca la responsabilidad de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, reconociendo que todos formamos parte de ella como miembros vivos de una familia.
La exhortación final resonó con fuerza: este es un tiempo favorable, un tiempo de salvación que no podemos dejar pasar en vano. Es un tiempo privilegiado para hacer silencio y preguntarnos con sinceridad qué quiere Dios de nosotros, qué nos sobra, qué nos falta o qué enfría nuestro corazón. Es un tiempo para volver al Señor con todo el corazón, poniendo nuestra vida a la luz de su amor y recordando que la meta es el cielo.
Una buena confesión, una buena comunión
La tercera y última charla cuaresmal, predicada por D. Francisco Javier Martín, párroco de Nuestra Señora del Carmen de Talavera de la Reina, ofreció una reflexión clara y muy práctica sobre la confesión y la Eucaristía.
Partiendo de una pregunta sencilla —siempre estamos igual, ¿no será que no lo hacemos bien?—, se nos ayudó a redescubrir el sentido del pecado, no como una transgresión de normas, sino como una herida que toca el corazón de Dios y que puede ser sanada si dejamos entrar a Cristo en ella. La confesión, lejos de ser algo complicado, es un sacramento sencillo, eficaz y que llena de paz cuando se vive bien.
Para ello, se nos invitó a hacer un examen de conciencia desde la mirada de Dios, pidiendo luz al Espíritu Santo; a vivir un verdadero dolor de los pecados, nacido del amor; y a tener un propósito sincero de cambio, evitando las ocasiones de pecado. Y a la hora de confesarse, insistió en la importancia de la sencillez, la claridad y la humildad.
En cuanto a la comunión, se nos animó a preguntarnos si realmente deseamos recibir al Señor con hambre, evitando tanto la rutina como el alejamiento por sentirse indignos. Comulgar bien implica prepararse, estar en gracia de Dios y cuidar la disposición interior.
La charla concluyó recordando que la Eucaristía es un encuentro real con Cristo, que viene a habitar en nosotros, y que estamos llamados a acogerle con fe, amor y adoración.
Que esta Cuaresma nos acerque al corazón de Cristo, donde nuestra sed encuentra respuesta. Que el Señor, que tiene sed de nosotros, encuentre en nuestro corazón una respuesta generosa y sincera.



